La imagen habla por sí sola. Es impactante. La situación desespera hasta al más distraído observador. Es verdaderamente un genocidio silencioso. Es Buenos Aires, la ciudad de Palermo Hollywood y Recoleta, de las plazas convertidas en casas y ollas populares. Ricos y pobres. Suertudos y desdichados. Ángeles y demonios. Abundancia y hambre. Salud y enfermedad. Vida y muerte. Todos conviven en esta ciudad que continúa su marcha sin importar las pérdidas.
Ya lo explicaba muy acertadamente el escritor Italo Calvino cuando afirmaba que “Más que la comparación con la máquina, la ciudad puede ser comparada con el organismo viviente en la evolución de la especie”. La ciudad es un organismo viviente. Sin duda. Vive y deja morir, sin más remedio. Sigue Calvino (y nos acompaña en la idea) “…cómo pasando de una era a otra las especies vivientes adaptan sus órganos a nuevas funciones o desaparecen”. Algunos pocos -los menos- se adaptan. Pero el resto desaparece de a poco, como si una gran sombra los fuera tragando.
Este órgano viviente tiene el corazón de acero y no siente lástima por los que la habitan, ni siquiera si son niños. El invierno los mata de a poco y por eso se refugian donde pueden. No en el calor de un hogar ni de una madre. Ellos no tienen madres. Son hijos de la calle. Y la boca del suelo que escupe el calor de un subte los acoge dándoles ese abrazo que necesitan.
Es un genocidio silencioso que todos aceptamos. Es cosa de todos los días. Por eso el niño que pasa tan abrigado con su blazer y su perro en una correa no se deprime. Claro, su inocencia no lo deja entender el porqué de esa situación. Por qué él tiene una vida digna y llena de emociones y ellos sólo pueden recibir el calor del subsuelo, como si el infierno los atrapara con sus llamas.
Tras una siesta obligada durante el día (durante la noche hay que estar en alerta, ya que la selva urbana no suele tenerle lástima a los más débiles), esas almas caminarán sin rumbo por las veredas. Buscarán conseguir algo que les llene el estómago, que suele conformarse con el aire mezclado de hollín. Por eso su ropa está tiznada. De tanto abrir puertas de taxis llevan impregnado el olor y color urbano.
¿Cómo adaptará sus órganos nuestra ciudad de Bs. As? ¿Cuál será el color de su alma? Calvino nos da una cuota de esperanza cuando nos dice que “cuanto más negativa sea la imagen que de la actualidad saquemos, tanto más necesario será que nos proyectemos una posible imagen positiva hacia la cual tender”.
Entonces tenemos que actuar, tenemos que cambiar este presente para que no se repita en el futuro. “Una ciudad puede pasar por catástrofes y medievos, ver sucederse en sus casas a estirpes distintas, ver cambiar sus casas piedra a piedra, pero debe, en el momento justo, bajo formas distintas, reencontrar a sus dioses”. La esperanza es lo último que se pierde, por eso sigo pensando que algún día, en muchos años, estos niños renacerán de sus cenizas para construir un mundo que
no solo sea para unos pocos, sino para todos.

